Familia

Cuatro errores de los padres en la crianza de sus hijos

La crianza respetuosa no es una moda, técnica o método con manual a seguir para criar según la tendencia del momento.

La crianza respetuosa es una forma de vida, una manera amplia de entender las relaciones que nos invita a elevar la mirada para sensibilizarnos sobre la ética de los buenos tratos y del respeto hacia la infancia, las personas, el ambiente, los animales, el entorno y todo ser vivo. Ser coherentes con los principios de la crianza respetuosa pasa por respetar y transmitir en todas las esferas de nuestras vidas los valores que la orientan, dando el ejemplo con nuestras acciones.

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(Getty Creative)

Orientarnos por una crianza respetuosa exige mucho compromiso, formación y trabajo de indagación personal, de cambio de conciencia. El problema es que en general hay resistencia al cambio y una marcada tendencia a buscar salidas o soluciones instantáneas a los retos de la vida, con lo cual nos quedamos en la superficie mirando bastante acotadamente el escenario sin comprender ni atender la raíz de los problemas. Esto nos lleva a incurrir en los mismos errores de forma crónica

En esta oportunidad quiero enumerar y explicar brevemente cuatro de esos errores más comunes que dificultan establecer una crianza respetuosa, consciente, conectada, democrática para identificarlos y poder evitarlos.

1. Anteponer el comportamiento “malo” a crear una conexión

El primer error consiste en dar más importancia al comportamiento del niño o de la niña que a la calidad del vínculo con ellos.

Muchos padres y madres insisten en que quieren criar con respeto pero no logran que sus hijos hagan caso, que obedezcan, que se porten bien y buscan técnicas o atajos para conseguir el resultado esperado.

Las conferencias y cursos sobre límites o disciplina positiva están siempre llenas de adultos que buscan ávidamente fórmulas para poner límites “eficazmente”. Sin embargo pocos se preocupan por buscar herramientas o caminos para lograr un mejor acercamiento con los hijos, comprenderlos más, crear conexión empática, confianza, intimidad emocional con ellos.

A los padres y adultos les importa sobre todo el comportamiento que valoran como malo o bueno a partir de creencias cuestionables sobre lo que debe ser un niño o lo que podemos esperar de ellos a determinada edad.

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Olvidamos algo que deberíamos inferir usando el sentido común y es que los niños no nacen adultos. Que necesitan madurar progresivamente hasta alcanzar la comprensión y las aptitudes propias de un adulto.

Desde esas falsas expectativas juzgamos como inadecuados, comportamientos que son propios de los niños y nos centramos en hacer que cambien dicha conducta pensando que así aseguraremos una buena educación. Pero la verdad es que las conductas del niño no son malas o buenas, simplemente comunican algo que no logran transmitir de otra manera hasta llegar a nuestra escucha y comprensión. Un niño alterado está comunicando su desequilibrio que en la mayoría de los casos se debe a la falta de conexión emocional con sus padres y no a la falta de límites.

Cada vez que una mamá o un papá me pregunta cómo hacer para que su hijo no pida todo llorando, no haga berrinches, no grite, haga caso de inmediato cuando le piden ordene el desorden, que se bañe, que coma, que salude, que no moleste… mi pregunta es ¿qué te importa más, papá, mamá… que tu hijo te haga caso todo el tiempo o construir un vínculo afectivo robusto, de bienestar y confianza con él o con ella?, ¿de qué te sirve que tus hijos interrumpan conductas que te incomodan o que te complazcan sin rechistar si básicamente estás provocando más rabia, resentimiento, malestar, culpa, si estás dañando el vínculo…? 

Céntrate entonces en privilegiar una buena relación que haga sentir a tus hijos más aceptados, comprendidos, sentidos por ti y verás cómo, muy probablemente por añadidura, manifestarán un mayor deseo de cooperar.

2. Darles amor no es malcrianza

El segundo error es pensar que es posible amar demasiado o que mucho amor puede malcriar a los hijos.

La verdad es que ningún niño se malcría por “exceso de amor” (mirada, escucha, brazos, consuelo, contención, teta, colecho, presencia segurizante…) Todo lo contrario. La nutrición afectiva es tan importante como el aire para respirar o la comida para alimentarnos. De ella depende el sano desarrollo emocional, mental e incluso físico de las criaturas y la prevención de síntomas posteriores.

Si no hay comida seremos capaces de buscarla hasta en los basureros. De la misma manera y en el mismo orden de prioridades para la subsistencia, si no hay afecto, mirada, presencia emocional de los padres cuando somos niños haremos cosas desesperadas como violentarnos, enfermarnos, desarrollar adicciones, volvernos complacientes para obtener aprobación aún en contra de nuestra integridad… cualquier cosa desesperada hasta lograr la imprescindible mirada de mamá o del adulto cuidador, y más adelante para obtener la atención de cualquiera que entre en el circuito de nuestras relaciones.  

Criar es estar, dijo una vez mi amiga y colega Ileana Medina, creadora del blog “Tenemos Tetas”  pero estamos en los tiempos de no tener tiempo para estar con los hijos.

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A partir de la vorágine anti natura que llamamos vida moderna y que nos vuelca a invertir el 70% de nuestro día en trabajar y dormir, y solo el 4% en cuidar a los niños, surge el constructo del tiempo de calidad.

3. El error de la ‘calidad de tiempo’

Creer que a los niños les basta con un poco de tiempo de calidad es el tercer error del que quiero hablar. Hasta para construir un muro de ladrillos hace falta invertir tiempo en cantidad y no solo tiempo de calidad.

Si le decimos al jefe que a partir de hoy vamos a trabajar dos horas al día en lugar de ocho porque lograremos nuestros objetivos con tiempo de calidad, dudo que acepte la propuesta.

¿Qué nos hace pensar entonces que nuestros hijos sí que pueden saciar sus abundantes necesidades de conexión, presencia, cuidados con solo calidad de tiempo reducido a un par de horas al día, en el mejor de los casos? De hecho esas dos horas al día que las estadísticas arrojan que invertimos para cuidar a nuestros hijos ni siquiera son de tan buena calidad visto que nuestras mejores horas y energías las dejamos cada día en el trabajo y para nuestros hijos solo quedan las migajas

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4. Pretender que los hijos “nos hagan felices”

El cuarto pero no menos importante error que interfiere en el despliegue de una crianza consciente, democrática, respetuosa, es pretender que nuestros hijos complazcan nuestras expectativas en lugar de acompañarlos a desarrollarse alineados con su ser esencial.

Cada niño es único, como una huella digital, unos más sociables otros más tímidos, unos más físicos otros más intelectuales, unos más sensibles y reposados, otros más arrojados y movedizos… Nuestros hijos, nuestras hijas no vinieron para ser lo que queremos que sean, vinieron para ser lo que son. Nuestra labor como padres conscientes es conectar con ellos, sentir cómo vibran sus almas y proteger el terreno para que crezcan en la dirección que su ser esencial reclama.   

Las  palabras siguientes las dijo cierta vez el cantautor catalán Joan Manuel Serrat antes de interpretar su emblemático tema Esos locos bajitos: “Si uno se fija bien, se da cuenta de que los niños son bajitos, eventualmente bajitos, pero bajitos… y están locos… viva con ellos y sabrá lo maravillosamente locos que están los niños… lo que pasa —pobrecitos— es que los niños caen en manos de los adultos, y los adultos les recortan estas alas mágicas con las que vienen de fábrica y los convierten en algo a su imagen y semejanza, con el evidente deterioro de la especie que uno encuentra andando por la calle”.

Toca, pues, convertirnos en adultos capaces de criar a niñas y niños plenos, arraigados en su esencia en lugar de criaturas que “nos hagan felices”. Niños y niñas en libertad para mantenerse en sintonía con su sí mismo, su registro interior, con su poder personal en lugar de apagarlos o quebrarles la voluntad para que se sometan a la nuestra.

Tenemos el reto de ayudarlos a florecer en su capacidad natural e intacta de amar, con la confianza para expresar su creatividad y su pasión, sin miedos irracionales que limiten su capacidad de explorar, sin represiones que los fuercen a abdicar en el empeño de perseguir sus objetivos, sus propios sueños en aras de complacer los nuestros.

Cuidémoslos de nuestros deseos narcisistas, de transmitirles el insano legado de nuestra desnutrición afectiva, soledad, miedos.

Cuidémoslos de nuestros propios deseos rotos que ahora pretendemos revivir a través de la vida de nuestros hijos.

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